En neurorrehabilitación nos podemos encontrar con dos personas que reciben el mismo diagnóstico, tienen una edad similar e incluso presentan síntomas parecidos al inicio. Sin embargo, meses después, una de ellas ha recuperado gran parte de su autonomía mientras que la otra continúa encontrando importantes dificultades en su día a día.
¿Por qué ocurre esto?
La evidencia científica y la experiencia clínica nos llevan a la respuesta de que la evolución de una enfermedad neurológica no depende únicamente del diagnóstico. Existen numerosos factores, muchos de ellos que pasan desapercibidos a simple vista y que pueden influir de manera decisiva en la rehabilitación, la funcionalidad, la adaptación, la autonomía y por tanto la calidad de vida de cada persona.
Más allá de la patología
Antes de tener los conocimientos del momento actual, lo habitual era tender a quedarse con los aspectos objetivos que nos enseñan las pruebas médicas como pueden ser el tamaño de la lesión cerebral, el tipo de enfermedad o bien los resultados de una prueba de imagen como puede ser una resonancia magnética o un TAC. Sin embargo, toda esta información sólo nos cuenta una parte del curso clínico del usuario.
La forma en que una persona afronta los retos derivados de su enfermedad neurológica está influida por múltiples aspectos cognitivos, emocionales, sociales y ambientales que, aunque en un primer momento se pasen por alto, pueden marcar una gran diferencia en su evolución.
Un factor fundamental: la cognición
Las funciones cognitivas incluyen capacidades como la atención, la memoria, la planificación, la resolución de problemas o la velocidad de procesamiento de la información.
Dos personas con un mismo diagnóstico pueden presentar perfiles cognitivos muy diferentes. Mientras uno mantiene una buena capacidad para organizarse, aprender estrategias y adaptarse a nuevas situaciones, otro puede experimentar dificultades que complican significativamente su rehabilitación y su capacidad para realizar las actividades básicas de la vida diaria.
Por este motivo, evaluar y trabajar la cognición por parte de profesionales especializados en ello como un neuropsicólogo, resulta tan importante como abordar los síntomas físicos.
La motivación y la implicación en el proceso
La rehabilitación neurológica suele ser un proceso largo que exige esfuerzo, constancia y paciencia. La motivación desempeña un papel fundamental para mantener la participación activa en los tratamientos y afrontar los obstáculos que aparecen durante el camino.
No se trata de “poner más ganas”, sino de comprender que factores como los objetivos personales, la percepción de progreso, el apoyo recibido y el estado emocional influyen directamente en la capacidad de poder mantenerse comprometido con la recuperación al ser significativos para el usuario.
Otro aspecto clave de la rehabilitación: el entorno
El contexto en el que vive una persona puede favorecer o dificultar enormemente su evolución.
Contar con familiares implicados, una vivienda adaptada, oportunidades para participar en actividades significativas o acceso a recursos especializados puede facilitar la recuperación funcional y la autonomía.
Por el contrario, el aislamiento social, las barreras arquitectónicas o la falta de apoyo pueden convertirse en obstáculos añadidos que limitan los avances.
Por eso, en neurorrehabilitación no solo se trabaja con la persona, sino también con todo su entorno.
Un síntoma invisible: la fatiga cognitiva
Muchas personas con daño cerebral adquirido, esclerosis múltiple, enfermedad de Parkinson u otras patologías neurológicas experimentan fatiga cognitiva o mental.
Se trata de una sensación de agotamiento que aparece tras realizar tareas que requieren concentración, planificación o procesamiento de información. A menudo pasa desapercibida porque no es visible desde fuera, pero puede afectar profundamente al rendimiento diario.
Dos personas con capacidades similares pueden mostrar niveles muy distintos de funcionamiento simplemente porque uno de ellos experimenta una fatiga cognitiva más intensa. Por esta razón, reconocer este síntoma y aprender a gestionarlo es una parte fundamental del tratamiento.
La reserva cognitiva
La reserva cognitiva, otro elemento importante, puede definirse como la capacidad del cerebro para adaptarse y/o compensar los efectos de una lesión o enfermedad .
Factores como el nivel educativo, la ocupación laboral, la actividad física, las relaciones sociales, la alimentación o el aprendizaje continuado a lo largo de la vida pueden contribuir a desarrollar esta reserva.
Aunque no evita la aparición de una enfermedad neurológica, sí puede influir en la forma en que sus síntomas se manifiestan y evolucionan.
El estado emocional
Después del diagnóstico de una enfermedad neurológica emociones como la incertidumbre, el miedo, la ansiedad o la depresión son reacciones frecuentes.
Estas experiencias emocionales no sólo afectan al bienestar psicológico, sino también a aspectos como la atención, la memoria, la motivación y la participación en las actividades cotidianas.
Cuando el estado emocional recibe la atención adecuada, la persona suele disponer de más recursos para afrontar los desafíos de la enfermedad y, con ello, poder aprovechar mejor la terapia neurológica.
En resumidas cuentas…
Aunque resulte complicado no hacerlo, comparar la evolución de dos personas únicamente por su diagnóstico puede resultar poco realista. Detrás de cada persona existe una combinación única, entre otras, de capacidades funcionales, funciones cognitivas, estado emocional, nivel de fatiga, entorno familiar, motivación y reserva cognitiva.
Comprender estos factores nos ayuda a adoptar una visión más completa y personalizada de la neurorrehabilitación. Porque, al final, no tratamos diagnósticos sino que ayudamos a personas, cada una con sus características propias y por tanto un potencial de recuperación.
